EL DESEO Y SUS MANIFESTACIONES EN EL MUAC
Por Javier González Cárdenas
Fuente: Tijuana Ex Libris
Encono disfrazado de diálogo. Hay centros culturales, bibliotecas y museos que se convierten en referencias obligadas. El Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) es uno de ellos, no sólo por su amplitud hospitalaria sino también por sus exposiciones, diálogos, discursos curatoriales, servicios y, más aún, por esa necedad de bautizar al novato en el agua de las artes visuales y sonoras. Vuelvo al MUAC seducido por su oferta, pero también porque me recuerda a la Tijuana-promotora del arte y sus derivados: la presencia-ausencia de sus públicos para las artes, la profesionalización de los artistas y los espacios de reflexión y exhibición de sus obras. La juventud de Tijuana (sus impulsores y su condición histórica, socioeconómica, urbana y cultural) no debe imitar otras gestiones culturales exitosas, pero sí aprender de ellas. Cada vez que se alza la voz para señalar un yerro en las acciones y gestiones culturales se elude la oportunidad de señalar un ejemplo de gestión cultural exitosa. La mayoría de las veces el crítico se erige destructor del otro, juez parcial que dilapida su retórica a favor de su propio ejercicio mental (ósculo disparado contra sí mismo). La crítica destructiva no se entusiasma ante gestiones ejemplares, ni difunde o comparte paradigmas que abran posibilidades para corregir el yerro señalado. Propongo que no esperemos a que la crítica destructiva cambie, el cambio es ahora.
El MUAC como espejo parcial de TJ. La diversidad cultural y la permanencia de galerías y centros culturales en Tijuana son los primeros elementos que evoco al pasear por el MUAC. Pues eso es lo primero que encuentro: diversidad convertida en arquitectura abierta, dispuesta a dar cabida a múltiples discursos y obras provenientes de diversos actores sociales (el artista y los públicos, elementos fundamentales del triángulo de la promoción artística). La presencia de un espacio denominado “El Ágora” me recuerda al espacio de nomenclatura homóloga ubicado en el Centro Cultural Tijuana (CECUT), sin duda una réplica del que existe en el MUAC. Sólo que en el MUAC “El Ágora” no es un sitio o recinto, sino un plan educativo que asegura el flujo de visitantes y la educación y creación de públicos para las artes visuales y sonoras. El MUAC llama “flujo de interacciones” a esta gama de herramientas (convivencia, exploración, plataformas teóricas, talleres para principiantes y conocedores, espacios de experimentación, entre otras) con las que asegura no sólo el prestigio ganado sino también la continuidad y el crecimiento tanto de sus públicos como de su oferta. Por ejemplo en una de la salas del MUAC hay una especie de rampa, parecida a la ubicada en el área infantil del CECUT, pero hay una diferencia: la rampa del MUAC sí es funcional para la tarea que se le ha endilgado, la de servir como una plataforma cómoda que permita a padres e hijos disfrutar del Cine Club Infantil (se proyecta Modern Times (1936), filme de Charles Spencer Chaplin), además de proveer acervos bibliográficos ligados a las exposiciones.
El acervo biblio-hemerográfico, además, puede ser producto de esa convivencia promovida a través de la “construcción de archivo”, señalada en la página electrónica del MUAC –página funcional, dinámica, motivo de envidia para muchas galerías y centros de cultura– como una invitación a los visitantes “a construir un archivo público con materiales donados por ellos mismos, para compartir referencias bibliográficas, visuales o auditivas que resonaron a partir de los procesos de reflexión provocados por las exposiciones y por los materiales documentales que encuentran en el propio espacio”. Diversos centros de cultura en Tijuana requieren de la implementación de programas y estrategias como las anteriores que, además de apelar al público cautivo (como en el caso de la Sala de Arte Álvaro Blancarte que se nutre, mayormente, de un público conformado por estudiantes, maestros y artistas), convoque miradas neófitas, curiosas y asegure, además, la formación de públicos cada vez más amplios y eclécticos, por el bien de la pequeña Tijuas, de la cual muchos presumen haberla adoptado como suya. Adoptar una ciudadanía implica no sólo criticar o exhibir –repito- no las erratas del devenir culturoso, sino proponer soluciones, identificar áreas de oportunidad y ejemplos a seguir, y ofrecer alternativas para la mejora de tal o cual proyecto cultural.
Superficies del deseo. Esta exposición, inaugurada en febrero, huye de las típicas representaciones del deseo y busca diversificar el análisis, las miradas y los soportes para abordar dicho tema. Cada obra suscita una reflexión sobre el deseo y sus formas de expresión y control dentro de la sociedad. Cecilia Delgado, curadora de esta exposición, centra su discurso tanto en la corporalidad a que aluden ciertas obras como en “la construcción social del deseo en el erotismo”, así como en los modelos de visibilidad y consumo del deseo que prevalecen en la sociedad actual. Todos los aspectos relevantes en términos sociales son identificables en esta muestra, pues todos ellos influyen en la materialización, ritualización y espiritualización del deseo: economía, religión, moral, deporte, medios, gobierno, educación y más. Bunny gets snookered (Conejita arrinconada, 1962), de Sarah Lucas, es una de las piezas más peculiares: una muñeca hecha de medias con relleno, fijada a una silla. La pieza denuncia el sexismo, el machismo y –así lo interpreto por un guiño del título- la tendencia de las hordas de machos a someter a la mujer durante el acto sexual, o bien, a su relegación durante ese proceso supuestamente bilateral. En alguna ocasión Diana Palaversich señaló que la presencia de la mujer como personaje en la narrativa latinoamericana era muy escasa y que, a lo sumo –si bien le iba-, aparecía como objeto de deseo. Los materiales de esta pieza son más que elocuentes y adecuados, además de que ofrecen un respaldo sólido al tema que se aborda.
Gabriela Gutiérrez suelta a un Gran animal (2008) para hablarnos de la relación entre el deseo y el cabello, de manera que su pieza es un tejido de cabello con las dimensiones de una cortina amplia, montada en uno de los muros de la sala. Tiene esa lectura por el discurso museográfico en la que ha sido incluida, pero su propuesta va más allá. El cabello es detonador del deseo, incluso hay quien lo colecciona por tratarse del cabello de un ser amado o anhelado. Esta especie de cobija de cabello recuerda a la Penélope que teje y desteje mientras espera a Ulises. Esa espera despierta el apetito sexual de sus pretendientes, pero también se percibe un aura de religiosidad y la interpretación puede extenderse al terreno de lo sugestivo, de cómo el rostro oculto bajo el cabello –esa maraña seductora- se convierte en el objeto que oculta la carne y, por ello, la hace más apetecible.
La fotografía titulada Stripped (Desnudo, 2003), de Wolfgang Tillmans, es una propuesta sencilla: un pantalón con cinto y ropa interior colgados de una puerta entreabierta. Una escena narrativa que evidencia la desnudez como producto de un impulso incontrolable, un arranque de lujuria que nos apresura a quitarnos la ropa y a entregarnos a los litigios y travesías carnales y sentimentales del acto sexual.
Columna (2003), de Marcela Astorga, está conformada por cinturones de cuero vacuno que rodean una columna del museo. El conjunto sugiere la pérdida de los pantalones como antesala del acto sexual. La pieza también refiere la anécdota consabida sobre un personaje que seduce a otros (no importa de qué sexo o sexos), consigue que se desnuden para abandonarlos posteriormente, dejándolos con las ganas. En otra aventura interpretativa veo al hombre contemporáneo atando un anillo de látex alrededor de sus testículos con el propósito de asegurar la continuidad de su erección. Ya entrados en vasos comunicantes, encuentro una relación entre esta pieza y la de César Martínez, El desgaste de la clase media en México o Geografía de la devaluación transpirada (1997), un muñeco de hule que se infla y desinfla paulatinamente con una pistola de aire. Si la obra sugiere el deterioro de los tejidos socioeconómicos del país, su inclusión en Superficies del deseo alude el desinflamiento e inflamiento paulatino del erotismo y el instrumento viril. La invención y comercialización de productos viagráticos, así como de juguetes, lociones y ungüentos afrodisiacos, parecen señalar el ocaso del deseo masculino y la necesidad de reavivarlo a través de fórmulas y pócimas modernas. Estamos no sólo ante la comercialización de la lujuria, sino también frente a la estandarización y producción en serie del deseo. Mientras escribo esto escucho The dull flame of desire (La tenue llama del deseo), de la fabulosa Bjork. Asimismo releo un texto de Enrique Serna:
Pero nuestra búsqueda de intensidades puede transformarse fácilmente en un imperativo existencial que saca al sexo de su terreno preferido, el juego, y lo introduce en el ámbito del deber. La nueva serpiente del paraíso es la neurosis, la vigilancia de sí mismo que amargó la vida a Schopenhauer y puede frustrar la satisfacción de cualquier don Juan. (Metafísica de la erección, Revista de Universidad Autónoma de México, no. 73).
La descripción de las obras anteriores es apenas el comienzo de las sorpresas que depara Superficies del deseo, pues igualmente se puede observar el trabajo de artistas como Georgina Bringas, Dorothy Cross, Rineke Dijkstra, Karin Dolk, María Escurra, Angus Fairhurst, Ana Mendienta, entre otros.
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